miércoles, 6 de febrero de 2013

Amor a las cuestas: Casa de Campo, de arroyo Antequina a cerro Garabitas

En el mismo corazón de la Casa de Campo, allí donde los pajaritos trinan y solo se escucha cada cinco minutos el paso del tren de cercanías. Allí, en lo más profundo del inmenso parque madrileño, en el llamado Bosque, en el puente que cruza el arroyo de Antequina, empieza nuestra cuesta de hoy.

Puente sobre el arroyo de Antequina


Los datos

Se trata de una serpenteante subida de tierra y gravilla, custodiada por hermosos pinos, desnivel inconstante y creciente, y distancia de un kilómetro. La cuesta comienza en el susodicho puente de el Bosque, al murmullo del arroyo de Antequina hasta encontrarse con la carretera que culmina el cerro de Garabitas. Es una buena cuesta para ensayar otras subidas que nos encontraremos en carreras: cuestas sin demasiado desnivel y constantes, subidas engañosas que empiezan suave y cuya inclinación aumenta progresivamente siendo más dura la parte final. Estas cuestas nos enseñan a dosificarnos, ya que tienen cierta longitud que hace indispensable una buena resistencia, y a dar lo máximo justo al final donde el desnivel es mayor. Cumple el decálogo básico de sensaciones del corredor: esfuerzo, concentración y sufrimiento durante, satisfacción después.

Os dejo enlace a runmap con recorrido y perfil.

Principio de la cuesta
Aurora Pérez y otros atletas de postín

En más de una ocasión he podido presenciar ensayos de cuestas protagonizados por Aurora Pérez, extraordinaria atleta y barroquísima escritora para Runner´s. Siempre acompañada y con grácil estilo realizar series de cuestas en la primera parte de esta subida, da gusto ver correr a esta mujer. Un poco más abajo, en el Bosque, es relativamente fácil coincidir con atletas profesionales: Casado, España, Nuria Fernández y otros monstruos atléticos de inusitada potencia y planta física. Os aconsejo en alguna ocasión, si es que no lo habéis hecho ya, os adentréis en esta zona más salvaje de la Casa de Campo, tan cerca de la inmensa urbe parece estar sumamente lejos cuando lo más que se escucha es el susurro del agua correr y el trino de los pájaros. Solo algunas marcas de corredores hacen saber que por allí pasa alguien.

Los corredores marcamos nuestro terreno

Serpenteando subimos

Dejando esta primera parte de la cuesta, que debemos tomarnos con tranquilidad y cuyo desnivel no es gran cosa, vamos cogiendo curvas entre las sombras de grandes pinos y el desnivel va aumentando, no es que nadie nos tire del pantalón hacia abajo es simplemente que la cosa se pone cuesta arriba. Mirad de frente, mantened la concentración y si podéis disfrutad de la imagen del camino sinuoso, de las sombras de los pinos, de la luz que traspasa la arboleda, de el sonido de las zancadas cortas y altas, de la respiración cada vez más sibilante que al final será jadeante. El paraje es bonito y el silencio nos permite escucharnos a nosotros mismos. Reservad un poco para la parte final.

El zorro

La parte final es dura, sed duros
En una ocasión, dejándomelo todo en la parte final, sumamente concentrado, apretando los dientes, con los isquios pidiendo clemencia, ya casi en lo alto una vez una pareja me paró y algo me dijeron.
-¡ ...orro! Escuché, poniéndome en coyuntura invernal que estábamos intuí: gorro.
- ¿Qué gorro? Dije yo. 
Qué gorro ni que gorra. El zorro, el zorro. Me respondieron.
- Pero, ¿qué zorro ni que zorra?
- Un zorro, que acaba de pasar un zorro justo delante tuyo.
Me quedé realmente sorprendido, la verdad es que una sombra rara vi pasar delante de mi, pero tan concentrado iba  en mi esfuerzo al final de la subida que pensé que era un pájaro. Por lo visto me cruzó un zorro delante, a pocos metros. Vaya, que oportunidad perdida. Ahora cada vez que subo por el mismo lugar busco sin éxito. Nunca pude imaginar que tan cerca de la capital, del mundo urbano de cemento y hormigón, pudieran sobrevivir en libertad animales como un zorro. Pues allí que me estaba animando el animal para afrontar la parte final de la cuesta que es dura y yo ni p... caso que le hice.


La recompensa 

Una vez completada la cuesta, si nos la hemos tomado en serio o en serie, estaremos echando los higadillos pero satisfechos si miramos hacia atrás. Podemos subir un poco más y disfrutar de las hermosas vistas del cerro Garabitas. Enclave estratégico en la Guerra Civil, lugar de emboscadas y escarceos militares. Entre encinas y hacia la derecha: vista de la urbe con las cuatro torres de la Castellana y las Torres Kio y de frente: la sierra madrileña. Si es la época veréis cumbres nevadas y puede que también borrascosas, tormentas, nieblas y fenómenos meteorológicos varios.

Disfrutad de las vistas, sin duda, nos las habremos ganado.


Vistas desde el cerro Garabitas


5 comentarios:

  1. no hay que dejar de señalar, que durante esos minutillos de esfuerzo, concentración y sufrimiento (3 y un poco más para un superatleta, 4 largos para un inexperto como el que suscribe) resulta sublime, en medio del silencio atronador, el acompasamiento de las pisadas enterrándose en la gravilla y a mi entender constituye uno de los top 3 en el listado de "Mejores momentos en Casa de Campo". hazla un día a la luz de la luna como me tocó una vez en suerte y verás La Verdad. por cierto, el zorro estaria, digo yo, buscando a su Principito seguramente para hablarle de lo que esencial, los ojos y esas pavadas...me sigo quedando con el femenino de dicha especie, pero para eso hay que irse más a los alrededores del Lago y encontrarlas a decenas.

    ResponderEliminar
  2. ¿las fotos las has hecho tú? son chulas

    ResponderEliminar
  3. Las fotos son mías, claro.
    Ya sabía yo que ibas a salirme con las lumis.
    ¿Si esta subida está en el top 3 de Casa de Campo Sensations, cuales son las megatop?

    ResponderEliminar
  4. pues no lo tengo tan claro, aparte no es bueno generar recelos entre los sitios, no sea cosa que se tiren de los pelos por el honor y la gloria, sin embargo aventuro algunos: bajada por Carretera de Somosaguas (la de gravilla) acabando en el Lago, a toda leche si es posible; Camino de los Romeros (en cualquiera de los dos sentidos) sobre todo en fin de semana es un oasis de paz y tranquilidad; y un gran lugar de paso que para mí tiene un no sé que especial aunque entiendo que para otro no sea la gran cosa es según bajas por la cuesta de Garabitas adentrándote en el Bosque, cruzas el puente del ferrocarril y ves (si la niebla, smog y otras lindeces lo permiten) a tu izquierda la sierra y a tu derecha el skyline madrileño, momento para mí, mágico, y ni que hablar cuando se te cruza alguna simpática aunque poco sociable liebrecilla en el camino (las de toda la vida, no las que cobran por marcar un ritmo). Pero sin lugar a dudas la caña con la tapa dominguera del Urogallo no hay quien le tosa.

    ResponderEliminar